Tras dos años de la presidencia de Iván Duque vemos una crisis estructural y un debilitamiento de las instituciones en el país, un debilitamiento que ha terminado en batallas infructiferas entre las instituciones y los poderes.

La Policía y el Ejército sumidos en una crisis profunda que tiene no solo un trasfondo político, sino también una necesidad de reestructuración técnica. El asesinato sistemático a líderes sociales, y las numerosas masacres (especialmente a jóvenes) que aumentan cada día.

El ecosistema político violentamente polarizado deja entrever un 2022 con dos nombres puestos sobre la mesa; Sergio Fajardo y Gustavo Petro.

Pero son dos nombres ya conocidos en Colombia y que cargan simultanemante una imagen compleja, Petro y Fajardo representan juntos al centro y la izquierda del país y recogen, sin problemas, el descontento mayoritario de la población Colombiana, un descontento que va mucho más allá del Uribismo, un descontento historico y una rabia colectiva que ha sacudido las calles desde hace un año.

Colombia está cansada del conflicto, pero los actores activos del conflicto no están cansados de Colombia. Por donde uno quiera revisar, las regiones están saturadas de mafias, narcotráfico, neo guerrillas, neo paramilitares y ejércitos de todos los colores, con una sola ideología; una ideología de
muerte y de negocio.

En ese ecosistema tan complejo aparece Francia Márquez con una propuesta que es inusual pero no imposible, una propuesta presidencial que nos ha puesto a pensar sobre el rol de las mujeres en la nueva política Colombiana, sobre el rol de las comunidades, sobre la legitimidad de los territorios en un Estado ilegítimo (por su propio abandono).

La historia personal de Francia está llena de anécdotas que dan para un libro; una mujer del Cauca, afrodescendiente, que ha tenido que enfrentar los rigores de ser mujer, afrodescenciente y de origen pobre en Colombia, perseguida, ha sufrido atentados por su trabajo con las comunidades, viene de una comunidad de la periferia de un país, una comunidad aplastada por la violencia, Francia reune no solo la legitimidad del territorio, de la comunidad, de la exclusión. Francia es reconocida mundialmente con el premio Goldman, un premio que se da a activistas ambientales, un premio que también nos muestra que ella que las discusiones profundas hoy en Colombia en su mayoría tienen que ver con el medio ambiente.

Aunque cada vez vemos más mujeres en política, es certero decir que la proporcion actual nos debe dar verguenza. Creo que el poder de Francia no solo radica en una vida de compromiso político con las comunidades, una vida del territorio, un recorrido sobrio en política. También hay que percatarnos de que en periodos de extremas polarizaciones, Francia optó por una postura crítica y reflexiva, antes de tomar parte de la polarización, que era una salida fácil, Francia optó por el trabajo y compromiso y es algo que tenemos que tener en cuenta. Pues Colombia no necesita más polarización, sino un trabajo honesto y profundo con las comunidades y el país.

Aunque podemos decir que el ejecutivo requiere una experiencia particular y general del país, las opciones que tienen hoy los centros y las izquierdas se limitan a nombres que ya han mostrado no ser suficientes para la complejidad que el conflicto Colombiano requiere.

Puede ser Francia quizás la renovación de una izquierda donde la misoginia, el clasismo y el elitismo son cada vez más ganadores.

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